Mientras, la tropa turística, amorfa pero a la vez reconociblemente uniformada, pasea por sus territorios ocupados supervisando si el producto se ajusta más o menos a lo que le vendieron. Barcelona acaba siendo como una de esas estatuas humanas de sus Ramblas, sólo una entidad disfrazada que se muestra a los turistas por una foto y unas monedas, pues en definitiva sólo es una atracción más de un gran parque mundial.
Pero lo peor de todo es que cualquiera de nosotros puede formar parte de ese ejército turístico y nos podemos reconocer en los ojos de cualquier “guiri” despistado, tal es la vacuidad de nuestras vidas, pensar que un viaje de vacaciones compensará la frustración de nuestro trabajo o de nuestra vida familiar. Corren tiempos en que entre los trabajadores más o menos occidentalizados es común pensar que sólo no viajan los “pringaos”, y año en año se renueva esa fe en la felicidad prometida, a poder ser a bajo coste, que comienza tal día y se acaba tal otro. El turismo de masas es en realidad una falsificación del viaje, se consume rápido (fast) como quien sale de permiso penitenciario. Eso sí a la vuelta se tiene que magnificar como para convencer de lo maravilloso de la experiencia y de paso inflar el mito.
No sé que se podría hacer para rescatar al turista (él o yo) de tal engaño, quizá ofrecerles “planos-deriva*” de la ciudad y que conociesen otros sitios, otros instantes fuera del programa; o quizá ya directamente regalarles una guía turística de Utopía, por si se quieren apuntar.
No sé, se aceptan ideas!







