LOS TRABAJADORES DE LA NOCHE

Nace en Marsella, hijo de una familia obrera. Siendo aprendiz de tipógrafo frecuenta los círculos anarquistas y comienza a leer a autores como Stirner y Proudhon. A partir de 1900 pasa a ser considerado como un “bandido anarquista”. Organiza una banda de ladrones que bajo el nombre de “los trabajadores de la noche” cometen 150 asaltos en cuestión de tres años. Tenían unos principios bien sencillos: no se asesina excepto para proteger la propia vida y libertad de la policía; se roba sólo a los considerados parásitos sociales -empresarios, jueces, soldados y el clero- pero nunca a quienes llevan a cabo profesiones consideradas útiles -arquitectos, médicos, obreros y artistas-; finalmente, un porcentaje del dinero robado se dona a la causa anarquista.
Marius Jacob es capturado después de matar a un oficial de policía que le iba a detener, se salva de la guillotina siendo condenado a cadena perpetua y trabajos forzados en la Guayana francesa. Despues de la abolición de éstos y de las reiteradas peticiones de su anciana madre, es puesto en libertad 24 años después. Lo que sigue es un pequeño fragmento de su alegato delante del tribunal en el que expone sus ideas:
La sociedad no me concedía más que tres clases de existencia: el trabajo, la mendicidad o el robo. El trabajo, lejos de repugnarme, me agrada, el hombre no puede estar sin trabajar, sus músculos, su cerebro poseen una cantidad de energía para gastar. Lo que me ha repugnado es tener que sudar sangre y agua por la limosna de un salario, crear riquezas de las cuales seré frustrado. En una palabra, me ha repugnado darme a la prostitución del trabajo. La mendicidad es el envilecimiento, la negación de cualquier dignidad. Cualquier hombre tiene derecho al banquete de la vida. El derecho de vivir no se mendiga, se toma. El robo es la restitución, la recuperación de la posesión. En vez de encerrarme en una fábrica, como en un presidio; en vez de mendigar aquello a lo que tenía derecho, preferí sublevarme y combatir cara a cara a mis enemigos haciendo la guerra a los ricos, atacando sus bienes… Ciertamente, veo que hubierais preferido que me sometiera a vuestras leyes; que, obrero dócil, hubiese creado riquezas a cambio de un salario irrisorio y, una vez el cuerpo ya usado y el cerebro embrutecido, hubiese ido a reventar en un rincón de la calle. Entonces no me llamaríais “bandido cínico”, sino “obrero honesto”. Con halago me hubierais incluso impuesto la medalla del trabajo. Los curas prometen el paraíso a sus embaucados; vosotros sois menos abstractos, les ofrecéis papel mojado. Os agradezco tanta bondad, tanta gratitud, señores. Prefiero ser un cínico consciente de mis derechos que un autómata, que una cariátide. Desde que tuve conciencia me dediqué al robo sin ningún escrúpulo. No entro en vuestra pretendida moral que predica el respeto a la propiedad como una virtud mientras que en realidad no hay peores ladrones que los propietarios .”

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